Ilustración: Equipo CrónicaCAPÍTULO DUODÉCIMO
(Segunda parte)
Jorge interrumpió la lectura del relato para buscar algo fresco de beber en el frigorífico. La historia del Sr. Montalbán le había permitido olvidarse por unos momentos de la joven artista que había conocido aquella misma tarde y cuya imagen flotaba una y otra vez en su mente.
Obsesionado por la enigmática mujer, sus pensamientos tramaban, incesable, un falsear posibilidades de encuentros, pues era para él una necesidad urgente tenerla de nuevo cerca, escuchar el timbre de su voz pausada, sus frases entrecortadas que entre palabras y palabras calla para centrarse en un trazo de su pincel, en la reflexión, tal vez de algún fallido contraste o veladura. El no sabía exactamente el porqué de haber quedado cautivo de aquella enigmática a la par que hermosa mujer, solo era consciente de la necesidad imperiosa de volverla a ver, de sentirla a su lado. Escuchar su respiración y embriagarse de su presencia. Incluso soñaba con ser audaz y, en una hábil demostración de cordialidad y simpatía innata, provocarle una sonrisa con sus ocurrencias lo que, sin duda, haría que su amistad se afianzara y su relación fuera más estrecha.
Con una botella de agua sin gas y un vaso de cristal en la mano Jorge volvió a su sofá y reanudó la interrumpida lectura del cuento o relato del hermano de su amiga Silvia.
Buscó su billetero que hubo dejado sobre la mesilla de noche, agarró la llave de la habitación y se dispuso a dar una vuelta de inspección del entorno y ambiente. Desde el balcón ya pudo ver a lo lejos la franja del horizonte en el mar, así que algo orientado para comenzar ya estaba. Iría a dar un pequeño paseo para familiarizarse con calles, plazas, restaurantes y bares, tiendas y suvenir. Todo lo que rodea a un centro para veraneantes.
Lo más urgente era reemplazar las prendas fallidas, sobre todo las chanclas, pues aunque el chándal daba el pego no así las abiertas zapatillas de goma, pues con las puntas de dedos y talones sobresaliendo de las mullidas suelas, arrastrando por baldosas, asfalto, gravilla o simple tierra su piel recién duchada, la cual, lógicamente, iba adquiriendo un tono gris polvoriento, si es que ese color existe en el espectro.
En una de esas tiendas o establecimientos donde lo mismo vende un flotador hinchable, el cubito con su correspondiente pala y la gorra blanca para el niño. Tras rebuscar por los estantes y percheros, encontró un bañador de viscosa azul y ribetes blancos, unas sandalias con hebillas metálicas, un par de camisetas de manga corta y cuello redondeado de colores frescos, una toalla para la playa o piscina, pues en eso no había pensado al hacer sus maletas, y una gorra de beisbol, a juego con el bañador, adaptable en la parte trasera por una gomilla forrada y con unos diminutos orificios que permitían airearse la cabeza.
Una vez hubo pasado por caja y con una bolsa de plástico en su mano pensó que lo más oportuno y urgente sería cambiarse el calzado, así que dirigió sus pasos hacia la playa y, a la par que visitar lo que en cualquier localidad playera que se precie llaman el paseo marítimo, pasearía sus pies polvorientos y sucios por la orilla desprendiéndose de la mugre acumulada en su corto paseo además de un apetecible refresco, pues, con tanto roce por el suelo habían quedado algo recalentados , magullados, con signo de querer aparecer alguna que otra ampolla en su piel.
Aliviado de sus dolencias, con sus nuevas babuchas protegiéndole sus sufridos extremos inferiores de los ataques hirientes de toda superficie que pisaba, encaminó de nuevo sus pasos al hotel donde se alojaba y poder acicalarse adecuadamente para la cena en el buffet libre del comedor. Pues quería dar buena impresión entre los comensales y demás huéspedes.Al pasar por recepción y reclamar su llave el recepcionista, tras saludarle amablemente, le entregó dicho instrumento así como la documentación, empleada para cumplimentar los requisitos policiales obligatorios de cualquier establecimiento hotelero que acoja inquilinos en su recinto. El Sr. Montalbán guardó el documento de identidad en su billetero y se dirigió al ascensor para subir al último piso y refugiarse en la intimidad de su habitación con vista al mar.
Tras una ligera ducha para quitarse el salitre de sus pies y el posible rastro de sudor que pudiera haber impregnado su piel durante el corto paseo, sacó del armario un pantalón de pinza beige, una blusa blanca de manga corta y sus mocasines de piel vuelta que usualmente vestía sin calcetines pero teniendo en cuenta el estado de sus pies usaría, por esta vez, con unos que tenía de hilo y color marfil los cuales, con toda seguridad, no desentonaría con la indumentaria elegida. Mas cuál fue su sorpresa al constatar que, al igual que le pasara con los bermudas y camiseta en la tarde, estos también parecían haber menguado. Así que tuvo que desistir del modelo elegido e ir eligiendo otras prendas adecuadas para el momento y lugar al que pretendía dirigirse. Fue sacando otros pantalones y otras blusas pero, al igual que con los seleccionados en anteriormente, todo le quedaba pequeño, incluido los tres pares de zapatos que hubo traído de casa. Desconsolado ante la nefasta perspectiva de su insólita situación tuvo que decidir vestir de nuevo el viejo chándal, sus recién compradas sandalias, darse una vuelta y comer algo en alguna terraza o chiringuito de los alrededores.
Angustiado ante su insólita situación fue al sacar de su billetero una cantidad prudencial de dinero para tomarse una frugal cena informal cuando al querer igualmente proveerse de su carnet de identidad, recuperado hacía pocos instantes, se percató de que algo no cuadraba. La persona que en la foto miraba con cara de pasmado no se correspondía en nada con su persona aunque en todos los datos coincidía, nada variaba excepto la imagen que se suponía debiera ser la suya.
Bajó de su habitación alarmado por tanta fatalidad y contratiempo. Al pasar por recepción a dejar depositada la llave preguntó si no existía la posibilidad de que hubiera habido un cambio fortuito de documento con otro inquilino más, como era de esperar, nadie de entre los demás huéspedes se denominaba de manera igual o parecida a la suya para que diera pié a confusión posible y, para colmo, tanto fecha y lugar de nacimiento, nombres de los progenitores, dirección habitual y firma eran las suyas, algo incomprensible por no decir imposible.
Era tan solo poco más de las ocho de la tarde de un mes de Octubre de un año cualquiera de esta primera decena en esté aún incipiente milenio. Las luces de las marquesinas vestían la penumbra de las calles con múltiples colores y variables formas iluminadas. Los reflectores de los automóviles acechaban en cada esquina. Las terrazas de bares y cafeterías permanecían casi vacías a la espera de los cientos de clientes que en aquel momento cenaban en sus correspondientes comedores de hoteles. Un hombre vestido con chándal y en sandalias deambulaba solo, abatido, desorientado ante los últimos estertores del ocaso.
